VIH/SIDA, feminización y la nula respuesta del Estado

VIH/SIDA, feminización y la nula respuesta del Estado

Los pobres no solo son hombres, también son mujeres y mapuches, y trabajadoras y lesbianas y homosexuales y travestis y niñas y migrantes y anarquistas y cristianas y personas que no pueden marchar.

Hay pobres y perros callejeros.

Hay pobres que olvidan.

Hay pobres que no saben escribir.

Hay pobres que viven con sida

Claudia Rodriguez, Poeta Travesti

En Chile los contagios por el virus VIH aumentaron 68,7% en los últimos 10 años debido en gran parte a la falta de campañas de prevención y medidas de protección, afectando principalmente a jóvenes entre 15 y 24 años. En la actualidad, hay más de 30.000 casos confirmados de VIH y se estima que entre 20.000 y 25.000 personas podrían estar infectadas.

La tendencia en Chile es hacia la feminización de la epidemia. Esto se ve reflejado en que el número de mujeres viviendo con VIH ha aumentado proporcionalmente más rápido que en hombres, produciendo una reducción en la razón hombre a mujer de 7:1 Esta tendencia está afectando principalmente a mujeres trabajadoras precarizadas y amas de casa, siendo la principal vía de transmisión las relaciones sexuales heterosexuales consentidas y sin protección. De esta manera, el perfil de una persona viviendo con VIH/SIDA  ha cambiado y ha dejado asociarse a la orientación sexual y/o conductas de riesgo, siendo hoy la enfermedad que más impacta a la población joven, incluyendo las mujeres en edad fértil. Las niñas y las jóvenes entre 15 y 24 años constituyen más de 60% de las personas infectadas por el VIH, cifra que es superior en países con conflictos armados y/o altas tasas de violencia sexual.

Cada día son más las mujeres que adquieren VIH y lo hacen mayormente en contextos de vulnerabilidad. Esto nos obliga a preguntarnos por la relación entre el VIH/SIDA  el patriarcado y el capitalismo. El sistema sexo/género y el régimen heterosexual dictan diferentes pautas de comportamiento a cada uno de los géneros. Nos referiremos específicamente aquellas pautas opresivas que vulneran a las mujeres y que tienen múltiples rostros: biológico, epidemiológico, social y cultural.

Estos sistemas consisten en un conjunto de prácticas, símbolos, normas, representaciones sociales y valores que dan sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción y al relacionamiento entre las personas como seres sexuados.  Así, el ideal sexual femenino tradicional, espera ciertos comportamientos y actitudes en las mujeres que a su vez garanticen el control de la reproducción: virginidad antes del matrimonio, no reconocimiento o expresión del deseo sexual, obligación de complacer a la pareja más allá de su propio deseo o voluntad, fidelidad sexual a la pareja y orientación a la procreación como principal motivo para ejercer la sexualidad. En contrapunto, el ideal de la masculinidad implica que el hombre ante todo debe ser heterosexual, activo, tener múltiples conquistas sexuales, no necesita saber sobre sexo porque lo sabe todo, tiene un impulso incontrolable que debe satisfacer de inmediato, debe ser fuerte y arriesgado, e invulnerable.

Estos ideales, tanto femenino como masculino, obstaculizan de manera preocupante las posibilidades de una prevención eficaz del VIH, ya que si bien estas normas no son obedecidas al pie de la letra por todos los individuos, sí determinan muchas de las prácticas sexuales de riesgo en hombres y mujeres, en la medida en que dificultan un disfrute consciente y responsable de la sexualidad. La heterosexualidad obligatoria incrementa la vulnerabilidad de las mujeres a través de su influencia directa o indirecta en las prácticas sexuales.

Para el caso de la vulnerabilidad biológica se ha comprobado que en las relaciones heterosexuales la mujer es de 2 a 4 veces más vulnerable a la infección por el VIH que el hombre, porque la zona de exposición al virus durante la relación sexual es de mayor superficie en la mujer, porque la carga viral es mayor en el semen que en los fluidos vaginales, y porque las infecciones de transmisión sexual (ITS) (co-factores de infección por el VIH) son más frecuentemente asintomáticas y no tratadas en la mujer que en el hombre, lo que debilita la mucosa vaginal permitiendo la entrada del virus, más aún en las adolescentes.

Epidemiológicamente los patrones de formación de pareja vigentes llevan a que mujeres más jóvenes mantengan relaciones sexuales y establezcan pareja con hombres de mayor edad, lo que hace que dichas mujeres estén en un riesgo mayor de infectarse por el VIH y demás ITS, debido a que practican sexo desprotegido con hombres de una franja de edad en la que son más elevados los niveles de prevalencia del VIH e ITS.

En el sistema capitalista no es ningún secreto que las mujeres siguen teniendo menor acceso a la educación y al trabajo asalariado, lo que las vuelve más dependientes de los hombres y con escasas posibilidades de acceder a información y a servicios adecuados de salud. La situación de opresión  se refuerza cuando, además, se suman otros factores como la pobreza o la discriminación por razones de raza u orientación sexual,  es decir, el VIH/SIDA afecta a las mujeres en tanto mujeres, pero no las afecta a todas por igual. Las trabajadoras de la salud, las compañeras sexuales de personas que tienen prácticas de riesgo, las parejas sexuales de personas que viven con el VIH, las mujeres expuestas a violencia sexual, las mujeres indígenas, rurales, migrantes o parejas de migrantes, las mujeres privadas de la libertad o parejas de personas privadas de la libertad, entre otras. Una gran proporción de mujeres pertenece a uno o más de estos “grupos”. Un ejemplo de esta situación es el de las mujeres migrantes, que además de la vulnerabilidad específica de género que las convierte constantemente en víctimas de violencia y abuso y a veces de infección por el VIH, pierden al migrar sus derechos de ciudadanía, sus redes sociales y sus recursos, lo que muchas veces las obliga a practicar sexo de supervivencia o a tolerar maltratos que, en una situación de menor vulnerabilidad, no tolerarían.

Esta situación es reforzada continuamente por las nociones del amor romántico, no sólo en la juventud sino también en la madurez. Con la idealización del enamoramiento muchas mujeres legitiman sus deseos sexuales, y dan a la sexualidad un significado afectivo  que en muchas ocasiones impide un ejercicio más libre y responsable de la sexualidad. Un claro ejemplo de esta situación es el uso del condón, dificultado muchas veces por la noción de un ideal de amor sin condiciones ni infidelidades por lo que el condón es visto como señal de pérdida de confianza en la pareja, haya o no fundamentos para tenerla. El amor romántico implica también renuncia, sufrimiento y desigualdad como constitutivos del lugar de lo femenino. Estos factores agravan el problema de la falta de conciencia de riesgo en las mujeres, en especial las monógamas que basan su ideal de vida en el ideal de la pareja estable, la confianza y la supuestamente mutua fidelidad. El resultado es la imposibilidad de pensar en la necesidad de sexo más seguro y menos aún de practicarlo.

Apropiarse del propio cuerpo y de sus deseos es fundamental para establecer relaciones placenteras y conscientes, para adoptar conductas preventivas y por sobre todo emancipatorias. Así, ante la nula respuesta del Estado y del mercado para prevenir y cuidar a las mujeres sólo nos queda el autocuidado y la organización. Por años han sido les afectades quienes se han hecho cargo de educar (se) y proteger a la comunidad, poniendo sus cuerpos y sus vidas en ello es momento de escucharles.

 

*Datos obtenidos en el Informe Nacional: evolución de la infección por VIH/SIDA Chile 1984-2012. Revista chilena de infectología, 32(Supl. 1), 17-43. https://dx.doi.org/10.4067/S0716-10182015000100003

** Este curso es un proyecto  que se enmarca en el programa Espejo del VIH/SIDA organizado por el Fondo Alquimia, que se realiza en La Bandera junto a la Asamblea de Mujeres del Movimiento Vida Digna y con la colaboración del COSECH, APROFA, ICW Chile y otras compañeras

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