De la soberanía del cuerpo a la soberanía del pueblo

De la soberanía del cuerpo a la soberanía del pueblo

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Por Gema Ortega

“Por este motivo afirmamos que el placer es el principio y el fin de la vida feliz, porque lo hemos reconocido como un bien primero y congénito, a partir del cual iniciamos cualquier elección o aversión y a él nos referimos al juzgar los bienes según la norma del placer y del dolor”

Epicuro

Un aspecto fundamental del feminismo, ha sido su insistencia en que el cuerpo y la sexualidad constituyen un núcleo nodular en la comprensión de las relaciones entre los sexos y, por lo tanto, una vía privilegiada de ejercicio de la sujeción y dominio por parte de la cultura patriarcal. Desde el feminismo libertario seré aún más drástica y sostendré que la afirmación del cuerpo y la sexualidad es fundamental en la realización de la soberanía, no sólo singular – sino y más primordial aún-, de la soberanía del pueblo en su conjunto.

Haciendo eco a Bataille[1] comprenderé por soberanía la participación colectiva en el tiempo y las formas del gasto del excedente de producción. Cuándo y cómo se realiza este gasto es una decisión política, y como tal es proclive a ser disputada. La soberanía se relaciona, por un lado, con el poder que ejercen las individualidades sobre sus propias vidas a la vez que participan democráticamente en la vida de la comunidad, y por otro lado, con los mecanismos por los cuales desarrollan un sentido de control sobre sus vidas, para actuar eficientemente en el escenario público, tener acceso a los recursos y promover cambios en sus contextos comunes. De esta manera, las luchas sociales y políticas están fuertemente ligadas a la lucha por el control y redistribución del excedente, y no pueden comprender solamente la luchapor el reconocimiento de derechos políticos y de representación como afirman algunos sectores.

El ejercicio de la soberanía va de la mano con la democratización, no podemos hablar de democracia sin acceso y control igualitario a los recursos. Como bien expone Luis Tapia: “Sin embargo, sólo la igualdad socioeconómica crea las condiciones de posibilidad de una igualdad política efectiva. Se hacen posibles una a la otra, aunque no existan como realización plena. Los grados de experiencia vivida conquistados dependen de este condicionamiento mutuo”[2]. Para que esto sea posible, es necesario transferir del abstracto titular de la soberanía, a las y los que la ejercen. El pueblo debeintervenir directamente con su presencia y por su acción: en las calles y en cada espacio de disputa ideológica, por pequeño o grande que éste sea.

Con esto no pretendo negar el debate en torno a la representación, ya se trate de la representación electoral o de una representación simbólica. Las elecciones son una vía posible para transferir la representación del pueblo a los gobernantes, no obstante, este camino se concibe en el marco de un cuerpo político concreto que excluye (e incluso, a veces, aniquila) a todo aquello que se presenta como una amenaza. Las elecciones no agotan la representación, pues existen otras maneras de representación simbólica. Una de las con mayor impacto en nuestro país,ha sido la de intervenir el ejército, llegando a considerar al Pueblo como el pueblo en armas movilizado en defensa de la patria. Otras lógicas de representación simbólica buscan constituirse en portavoces del pueblo, llegando a intervenir físicamente para influir sobre la conciencia de los hombres y mujeres en un contexto determinado. Debemos considerar también el efecto que tiene la opinión pública sobre el ejercicio de la soberanía. Día a día, nos vemos enfrentados a una polisemia de voces, causas y contenidos que nos dificultan la construcción y conquista de nuestro propio sentido.

De este modo, la soberanía opera como un ocuparse de sí en consideración con los otros y sólo es posible en la configuración de una serie de técnicas de reflexión sobre las prácticas cotidianas y de problematización de la vida, de la dignidad y de la libertad en un espacio común. La dignidad política se ve comprometida cuando la lógica privada gana a la dimensión pública y la política pasa a ser constituida a partir de una mirada hacia el Estado como un ente de transferencia de la soberanía. La dignidad política es perdida a partir del momento en que se delega las tareas destinadas al bien común a sus representantes. La esfera pública es el espacio establecido y valorado por la organización social donde los individuos y colectividades se reúnen para deliberar sobre sus propias elecciones haciendo uso del poder político que poseen. La libertad sólo se da en el ámbito político, es decir, sólo se es libre mientras se esté actuando en la vida pública y decidiendo conjuntamente con sus iguales -y en igualdad de condiciones debemos agregar-, los asuntos de la colectividad. En esta perspectiva Hannah Arendt rechaza la idea de la representación, es decir, ella afirma que dejar representarse por otro es lo mismo que abdicar de la propia libertad[3].

El problema de la confrontación, entre distintos sectores, está implícito en la disputa por el control del excedente, de ahí la relevancia de las distintas apuestas estratégicas para su realización efectiva. El camino a la soberanía pasa por la disciplina de levantar organización no jerárquica, ni autoritaria, sino construir una forma de organización basada en la asociación voluntaria que se diferencie de la construcción jurídica —inspirada en el derecho racional individualista— que permita pensar realmente organizaciones políticas y  sociales que no involucren dominación. Asimismo, la sociedad sin dominación ya no necesita ser concebida como un orden instrumental y con ello pre-político, que sería el resultado de contratos, es decir, de acuerdos interesados entre personas privadas orientadas hacia su propio éxito sino el ejercicio digno y soberano de una práctica política.

El pueblo no será digno y soberano mientras no consideremos el ejercicio de la sexualidad como un acto libre de explotación, exclusión y dominación. No existe poder soberano que sea solamente físico. Sin la subordinación psicológica y moral del otro lo único que existe es poder de muerte, y el poder de muerte, por sí solo, no es soberanía. La soberanía es, en su fase más extrema, la de “hacer vivir o dejar morir”[4]. Sin dominio de la vida en cuanto vida, la dominación no puede completarse. Es por esto que una movilización que resulte en exterminio de los oponentes no constituye victoria, porque solamente la estructura de dominación permite la exhibición de la muerte y la violencia ante los destinados a permanecer vivos, como lo ocurrido durante la dictadura. De igual forma, el uso y abuso del cuerpo del otro sin que participe con intención o voluntad, sólo borra su humanidad. La víctima es expropiada del control sobre su cuerpo. Es por eso que podría decirse que todo acto de sometimiento del cuerpo, como la violación y la maternidad forzada es una alegoría de la definición schmittiana de la soberanía[5]. Control irrestricto, voluntad soberana arbitraria y discrecional cuya condición de posibilidad es el aniquilamiento de atribuciones equivalentes en los otros y, sobre todo, la erradicación de lapotencia de éstos como índices de alteridad o subjetividad alternativa

Para el feminismo libertario, la lucha por el derecho al aborto libre gratuito y seguro es una lucha que reivindica para toda mujer la condición humana, fundamentada en la soberanía y la dignidad de su vida, es la afirmación del cuerpo como territorio último de conquista y libertad. Nuestra lucha es, por esto, una búsqueda de soberanía para nosotras, es poder de control, libertad y autonomía que abarca todos los ámbitos de la existencia humana, desde la sexualidad hasta la participación en la esfera política-social.

La obligatoriedad de la maternidad, siempre sacrificial, crea las condiciones para que las mujeres seamos explotadas económica y sexualmente y que la resistencia que pongamos sea menor, sin embargo, este sacrificio es excluyente y es símbolo de la subordinación de la mujer y de las estrategias para mantenerla en esta posición. El control de la reproducción femenina permite un control sexual-estructural que posibilita la existencia de los patriarcados capitalistas situando el cuerpo-mujer vaciado de su contenido humano, permitiendo articular los mecanismos económicos, políticos y sexuales de dominación. Apuntar esta realidad nos hace peligrosas, amenazadoras, incómodas. Incluso incómodas a muchos sectores de izquierda que sólo ven el ejercicio de la soberanía en el control de los recursos y la disputa por la representación. Señalamos el placer y el cuerpo como territorio de control, he aquí nuestra mayor estrategia de construcción.

La relación con el propio cuerpo depende del nivel de comprensión que tengamos de éste, en el contexto que le es “natural” su comprensión y comunicación con todas las otras cosas que comparten esta naturaleza material, física pero también afectiva y sintiente que genera sentido. El cuerpo es el arma de la singularidad libre, su ejercicio habitual de soberanía.  Si algo hace soberano a una singularidad es el cuidado que ésta otorga a su vida, a su dignidad y soberanía; cuidarse es orientar la sensibilidad para que ésta enlace, su corporeidad, las señales de los sentidos, y su relación con las cosas en una existencia tan placentera como sea posible. La relación con el propio cuerpo depende del nivel de comprensión que tengamos de éste, en el contexto que le es “natural” su comprensión y comunicación con todas las otras cosas que comparten esta naturaleza material. ,

El cuerpo es el arma de la singularidad libre, su ejercicio habitual de soberanía, si algo hace soberano a una individualidad, es la calidad del cuidado que se brinde y el programa de vida con el que acompaña su saber sobre la naturaleza y la cultura; cuidarse es orientar la sensibilidad para que ésta enlace, su corporeidad, las señales de los sentidos, y su relación con las cosas y lo que de ello se derive, en virtud de una existencia tan serena y placentera como sea posible. Negarse a la maternidad obligatoria tanto como a las exigencias de sometimiento sexual, nos hace dignas, construir una sociedad que permita el control real del cuerpo y la sexualidad transforma al pueblo en Pueblo digno y soberano.

[1]Bataille, G. (1996). Lo que entiendo por soberanía. UniversitatAutònoma de Barcelona.

[2]Tapia, L. (2008). Política salvaje. La Paz: CLACSO, Muela del Diablo, Comunas. Pág. 29

[3]Arendt, H. (1996). Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política. Península.

[4]Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Fondo De Cultura Económica

[5]Schmitt, C. (2001). Teología política I. Cuatro capítulos sobre la teoría de la soberanía. Carl Schmitt, teólogo de la política, 19-62

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